Lágrimas en el cielo


mandelaNinguna forma de sufrimiento me es ajena, sea un niña anónima de Yubuti a la que van a ablacionar el clítoris, Amina, condenada a ser lapidada en Túnez, Nicolás, que con dos meses murió un 11-M en Madrid, o un simple número más en otra lápida anónima en Lampedusa… sentirse parte del sufrimiento desarrolló esa especial sensibilidad en Nelson Mandela que hizo de él uno de los más carismáticos líderes mundiales de la paz: el mensaje que enviaba era el mismo a las dos partes que parecían irreconciliables: “si queréis un día olvidar el apartheid, debéis aprender a perdonar” decía a la comunidad negra, mientras a la blanca: “si queréis un día ser perdonados, debéis olvidar vuestro apartheid”.

Perdón y olvido: en un país en que una parte estaba dominada salvajemente por otra, no propugnó la guerra de razas, sino promovió la cultura de la paz y el entendimiento.

Nelson Mandela ha muerto: “la muerte es algo inevitable. Cuando un hombre ha hecho lo que creía necesario por su pueblo y su país, puede descansar en paz. Creo que yo he cumplido ese deber, y por eso descansaré para la eternidad”. Ahora nos ha tocado a los demás el relevo de continuar avanzando hacia una sociedad más libre y más justa basada en el respeto y el amor.

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2 Responses to Lágrimas en el cielo

  1. xarxes says:

    Recordem que Mandela ordenava posar bombes. Defensar Mandela seria com defensar Otegi 🙂

    • ¿Qué razón habría para no defender a Otegui si él propugnara la cultura de la paz y el entendimiento?, ¿hasta dónde deberíamos llevar nuestro odio?, ¿qué debería pasar para que empezáramos a amar?.
      Hay que ser muy valiente para estar con quien te oprimió en nombre de la paz: Mandela recibió su mayor premio no con el Nobel, sino con la normalización y con esa no-guerra de razas que mucha gente auguraba.
      Ojalá Otegui promoviera la dialéctica de la paz, pero mientras tanto, no hay nada en él que nos impida aprender a respetarle e incluso a dejarnos enseñar la hermosura de amar al ser humano con independencia que nos llene de dones y adulaciones o nos quiera privar hasta de nuestra propia esencia.

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